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jueves, 24 de febrero de 2011

BIUTIFUL (o ¿qué feo es vivir?)

Título: Biutiful. Año: 2010. Nacionalidad: México y España. Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo y Nicolás Giacobone. Música original: Gustavo Santaolalla. Intérpretes principales: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Hanaa Bouchaib, Guillermo Estrella, Eduard Fernández, Diaryatou Daff, Cheng Tai Shen, Luo Jin, Ana Wagener, Rubén Ochandiano, Karra Elejalde. Página web: http://www.biutifuloficial.com


El director mexicano Alejandro González Iñárritu (nacido en México, D. F. el 15 de septiembre de 1963) no es sólo uno de los realizadores más importantes de la historia de su país –su nombre habría que ponerlo junto al del clásico Emilio Fernández – La perla (1947), La red (1953)- y al más reciente Alfonso Cuarón – Y tu mamá también (2001), Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), Hijos de los hombres (2006)- y al de dos españoles que realizaron una parte muy importante de su obra en México: Luis Buñuel –Subida al cielo (1952), Él (1953), Ensayo de un crimen (1955), Nazarín (1959), El ángel exterminador (1962), Simón del desierto (1965)- y Luis Alcoriza – Mecánica nacional (1972), Las fuerzas vivas (1975)- sino que es una de las figuras fundamentales que ha renovado el lenguaje cinematográfico contemporáneo.

En el período 2000-2006, dirigió Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006) –las dos últimas, producidas en Estados Unidos. Todas estas películas fueron realizadas a partir de guiones co-escritos con Guillermo Arriaga y presentaban unos rasgos comunes claramente visibles: estilo narrativo fragmentario, combinación de varias historias aparentemente independientes que acababan estando enlazadas, presencia de escenas de fuerte violencia, espíritu crítico, indagación en el sentido moral de nuestras acciones… Si en el futuro hubiera que señalar títulos de la pasada década que marcaron diferencias en relación al cine realizado hasta entonces, las tres películas citadas habría que incluirlas por méritos propios dentro del repertorio de obras que cambiaron radicalmente la forma de plantear la realización de un film y el modo en que el mismo debía ser contemplado.


Pero como nada es eterno, el que parecía matrimonio bien avenido entre Alejandro Gonzalez Iñárritu y Guillermo Arriaga se rompió… Cada uno siguió su propio camino y cada uno ha querido iniciar su trayectoria con su propia película. En el año 2009, Guillermo Arriaga estrenó Lejos de la tierra quemada. En el año 2010, Alejandro González Iñárritu ha estrenado Biutiful, de las que nos ocuparemos en esta entrada del blog.



Por lo dicho hasta ahora, la primera gran curiosidad era saber si Iñárritu iba a seguir fiel a su estilo anterior o si el cambio de co-guionistas iba a significar un giro en sus planteamientos estéticos. Si Lejos de la tierra quemada era una reafirmación de Guillermo Arriaga en el estilo que le hizo famoso, Biutiful presenta matices de interés en relación a los cuales podemos afirmar que el director mexicano sale victorioso y que ha sabido dar un paso adelante en su carrera (buena parte de la crítica me temo que no piensa igual…).

El cambio más significativo en Biutiful es que, frente a la presencia de varias historias aparentemente autónomas, característica de sus anteriores films, aquí hay una historia principal sobre la que giran las demás (y que es la que protagoniza Javier Bardem). Frente al estilo fragmentario del pasado, ahora la narración es más lineal. Aunque, en realidad, no es lineal del todo: la secuencia inicial resulta ser el desenlace de la historia pero, mientras que la primera vez que la vemos no comprendemos su significado (no revelo nada en decirlo, créanme), la segunda vez que la veamos se nos torna clara y diáfana (a pesar de que a algún crítico de Fotogramas le deje desconcertado).

Aunque se trata de un film complejo sobre el que podríamos comentar una larga serie de aspectos, hay tres que pienso que conviene destacar.

En primer lugar, me ha resultado especialmente fascinante el personaje de Javier Bardem, cuya interpretación supera con creces a la que le valió el Oscar en No es país para viejos. Su ambigüedad es constante a lo largo de toda la cinta, de forma que es complicado ofrecer de él un juicio moral taxativo. Todo lo que sabemos del personaje es sutil y escurridizo y se nos va mostrando con tanta naturalidad que acaba siendo verosímil un conjunto de circunstancias verdaderamente abrumador. En un momento dado, averiguamos que se trata de un exdrogadicto (es absolutamente magistral cómo se nos muestra sin decírnoslo explícitamente) que se gana la vida cobrando protección de los inmigrantes ilegales pero, de modo paradójico, parece más preocupado por el bienestar de estas personas que por sus propias ganancias económicas. Padre de dos hijos, está separado de su mujer (aunque tengan reconciliaciones periódicas), que es una prostituta que padece trastorno bipolar. A pesar de todo, el empeño que vuelca con su familia lo convierte en un padre prácticamente ejemplar. Finalmente, posee un don especial: puede comunicarse con los muertos (volveremos a este aspecto más tarde) y, con un punto de cruel ironía, el incidente incitador del film es la grave enfermedad que el protagonista descubre que padece. Javier Bardem se desenvuelve con maestría en los vericuetos de la historia y hay que quitarse el sombrero ante la contención con que realiza su trabajo interpretativo.

En segundo lugar, aunque el escenario hipotético de la película es Barcelona, en realidad podría ser el retrato de cualquier ciudad del mundo, en la que conviven multitud de grupos sociales y que viene a ser, a la postre, una representación de la actual estructura económica global: está presente el mundo desarrollado; quienes realizan los trabajos manuales son los inmigrantes ilegales chinos que cobran salarios de miseria (es decir, esto viene a ser una metáfora de las funciones de la China actual como fábrica del mundo); y quienes malviven con CDs y DVDs piratas y abalorios varios son los inmigrantes subsaharianos (en este caso, lo que se quiere representar es una África al margen de los grandes movimientos económicos mundiales). El personaje de Javier Bardem actúa casi como una bisagra entre todos los grupos sociales que aparecen en la película, siendo el hilo conductor que nos ayuda a conocer sus diferentes formas de vida.

En tercer lugar, como ya apuntábamos antes, el tema de la trascendencia aparece en virtud del don del protagonista de contactar con los muertos. Gracias a este don, no comprendido por todos y que provoca el escepticismo en muchos, el protagonista logra infundir ánimo y serenidad a los familiares de los fallecidos. Indirectamente, este aspecto de la película nos ayuda a comprender la motivación de un comportamiento aparentemente contradictorio, ya que su conocimiento del más allá es el factor que le impulsa a buscar el sentido moral de sus acciones aunque, en apariencia, sean poco justificables éticamente.

Tras ver los tres aspectos citados, hay un concepto que los unifica y da sentido a toda la película: el de límite o frontera. Javier Bardem es un personaje que vive en el límite o frontera en casi todos los aspectos de su vida: está entre la vida y la muerte, entre el mundo de quienes gozan de cierta estabilidad económica y el mundo de los desheredados que no saben de qué van a vivir al día siguiente, entre el mundo terrenal y el más allá, entre los cambiantes estados de ánimo de su mujer, entre el bien y el mal… En suma, un retrato de las dificultades y avatares del hombre contemporáneo.

¿Es una película pesimista? Aparentemente, podría parecer que sí. Yo pienso, en cambio, que los últimos minutos del film dejan abierta una puerta a la esperanza, tanto en la secuencia final ya comentada como en el gesto del personaje interpretado por la actriz senegalesa Diaryatou Daff, ante el que es imposible no emocionarse.

Aparte de la interpretación de Javier Bardem, resulta difícil decir qué más podemos destacar de la película porque hay una gran cantidad de elementos estimables: la música del argentino Gustavo Santaolalla (con su habitual sabiduría para potenciar la creación de climas emocionales), la fotografía de Rodrigo Prieto (perfecta en su tonalidad deliberadamente apagada para que esté en consonancia con el tono del resto del film) o las interpretaciones de un elenco en estado de gracia donde resultaría injusto no mencionar a alguno de sus integrantes.

En definitiva, y aunque la crítica no la ha recibido excesivamente bien, creo que Alejandro González Iñárritu ha salido airoso del reto y ha realizado una película que, a pesar de ser desasosegante, resulta ser una obra espléndida.

Nota (de 1 a 10): 9.

Lo que más me gustó: la interpretación de Javier Bardem y la consistencia del guión.
Lo que menos me gustó: alguna historia colateral no aporta nada a la película.

domingo, 13 de febrero de 2011

LOS OJOS DE JULIA (o de terror también se vive)

Título: Los ojos de Julia. Año: 2010. Nacionalidad: España. Director: Guillem Morales. Guión: Guillem Morales y Oriol Paulo. Música original: Fernando Velázquez. Intérpretes principales: Belén Rueda, Lluís Homar, Pablo Derqui, Francesc Orella, Joan Dalmau y Julia Gutiérrez Caba. Página web: http://www.losojosdejulia.es/
 
Hay quienes pretenden presentar a la industria cinematográfica española como una alternativa al cine norteamericano. Alternativa en el sentido de que frente al cine-espectáculo de Hollywood, basado, fundamentalmente, en géneros cinematográficos, en el cine español predominaría una tendencia hacia el cine intimista y de autor. No sé si para bien o para mal (o mejor dicho, sí lo sé, pero seguramente opinaré de ello en otro post), esto es mentira. Cuando intento hacer las cuentas de cuántos directores han existido en España que hayan creado liberados del patrón marcado por los géneros cinematográficos, me salen, exactamente, catorce (y eso, utilizando un criterio con generosa amplitud de miras): José Val del Omar, Luis García Berlanga, Carlos Saura, Manuel Gutiérrez Aragon, Víctor Erice, Francisco Regueiro, Basilio Martín Patino, Gonzalo Suárez, Jaime de Armiñán, Iván Zulueta, Montxo Armendáriz, Pere Portabella, Julio Medem y Cesc Gay. Y punto (en mi modesta opinión). 

Tras leer la lista, se pueden hacer tres objeciones: la primera, que no aparece quien es considerado como el mejor director de cine español de la historia: Luis Buñuel. Es cierto, pero es que Buñuel realizó el grueso de su obra en México y Francia. Sólo dirigió en nuestro país dos películas (Viridiana y Tristana) por lo que, por desgracia, su producción no es representativa de nuestro cine. La segunda, que hay otros directores que también han realizado películas difícilmente clasificables. A esta objeción, hago la precisión de que la lista que he dado se limita a aquellos directores que han llegado a hacer al menos una película de cierta entidad. Cualquier otro que se pueda añadir a la lista, presentaría un nivel artístico más discutible. La tercera objeción se centraría en que hay otros directores importantes que no aparecen en la lista. Evidentemente, es así. Muchos darían, p .ej., el nombre de Alejandro Amenábar. Bien, veamos la lista de películas de este director: 

- Tesis: cine de terror.
- Abre los ojos: ciencia-ficción y suspense.
- Los otros: cine de terror.
- Mar adentro: melodrama.
- Ágora: cine histórico. 

Sin comentarios. 

Otros hablarían de Pedro Almodóvar. Y he estado tentado de incluirlo en la lista. Pero cuando recuerdo que reconoce en Douglas Sirk (rey del melodrama), una de sus fuentes de inspiración, he cambiado de idea. (Que sus primeras películas tengan un inconfundible aire de familia con el cine de Andy Warhol, Paul Morrissey, John Waters o R. W. Fassbinder también ha influido en mi juicio). No estoy poniendo en duda ni la calidad de estos directores ni la de sus películas, lo que discuto es el tipo de cine que se supone que hacen. 

Aún existirían más argumentos para apoyar esta afirmación. Si nos fijamos en los premios cosechados por el cine español a nivel internacional, observaremos que donde más éxito ha tenido (en función de su dificultad y de la propia entidad de los premios) ha sido, curiosamente, en los Oscars de Hollywood. Recapitulemos sobre los últimos once años: Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1999 por Todo sobre mi madre, Oscar al mejor guión original en 2002 por Hable con ella, Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2004 por Mar adentro y Óscars a la mejor fotografía, a la mejor dirección artística y al mejor maquillaje en 2006 por El laberinto del fauno. En teoría, no debería ser así. En función del tipo de cine que dicen que hacemos debería ser en los Festivales de Cine donde deberíamos acumular más galardones, ya que en estos certámenes es donde las películas de autor son más ampliamente reconocidas. ¿Qué premios han tenido las películas españolas en los 3 festivales más importantes (Cannes, Venecia y Berlín) en el mismo período de tiempo? (Excluyo San Sebastián, por motivos obvios: ahí, jugamos en casa) Premio a la mejor dirección en 1999 en el Festival de Cannes a Todo sobre mi madre, Premio a la mejor fotografía en el Festival de Berlín en 2001 a You´re the one, Premio Especial del Jurado y Copa Volpi a mejor interpretación masculina en 2004 en el Festival de Venecia a Mar adentro, Premio a la mejor interpretación femenina y al mejor guión en 2006 en Cannes a Volver, y León de Plata a la mejor dirección y Premio al mejor guión en el Festival de Venecia en 2010 a Balada triste de trompeta (apenas hay color si los comparamos con los premios concedidos por la Academia de Hollywood y, además, si nos fijamos, no se ha obtenido en todos estos años, en ninguno de los festivales, el premio a la mejor película –de hecho, este premio no lo obtenemos desde el año 1983 con La colmena en el Festival de Berlín). 

Moraleja de esta larga disertación inicial: donde el cine español se manifestado con fuerza comercial y artística ha sido, realmente, en el cine de género y la mayoría de los intentos realizados fuera de esta órbita han sido normalmente un fracaso sin paliativos. Dentro de los distintos géneros cinematográficos, existe una tradición nacional especialmente importante en relación al cine de terror. Recordemos los nombres clásicos de: 

Jesús Franco -que trabajó, entre otros muchos, bajo el seudónimo de Jess Franco o Jess Franck, artífice de una prolífica obra que abarca 192 títulos, de los que podemos destacar El conde Drácula (1970), La maldición de Frankenstein (1972) y La noche de los asesinos (1976)-, 


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Jacinto Molina -actor y director, que utilizó el seudónimo de Paul Naschy, realizador de films como El Huerto del Francés (1978), El retorno del Hombre-Lobo (1981), El aullido del diablo (1987), La noche del ejecutor (1992)-, 


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León Klimovsky – La noche de Walpurgis (1971)-,

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Narciso Ibáñez Serrador -La residencia (1969), ¿Quién puede matar a un niño? (1976)-


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Eloy de la Iglesia –La semana del asesino (1971)-,


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Jorge Grau –director de Ceremonia sangrienta (1973) y de la mítica No profanar el sueño de los muertos (1974)-,


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Pedro Olea –El bosque del lobo (1971)-


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o Juan Piquer Simón –Mil gritos tiene la noche (1982), Slugs, muerte viscosa (1988), La grieta (1989), La mansión de Cthulhu (1991)-.


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En los últimos años, esta tradición se ha consolidado gracias a una avalancha de títulos que superan claramente en calidad a la mayoría de los citados con anterioridad. Podemos citar, como ejemplo, a El día de la bestia (1995) y Los crímenes de Oxford (2008) de Alex de la Iglesia; Tesis (1996) y Los otros (2001) de Alejandro Amenábar; Los sin nombre (1999), Darkness (2002) y Frágiles (2005) de Jaume Balagueró; Romasanta (2004) de Paco Plaza; [REC] (2007) y [REC]2 (2009) de Jaume Balagueró y Paco Plaza; El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro; Ausentes (2005) de Daniel Calparsoro; La monja (2005) de Luis de la Madrid; La caja Kovak (2005) de Daniel Monzón; La hora fría (2006) de Elio Quiroga; El orfanato (2007) de Juan Antonio Bayona; Proyecto Dos (2008) de Guillermo Groizard; La herencia Valdemar (2010) de José Luis Alemán (cuya segunda parte, La sombra prohibida, se estrenó el pasado 28 de enero)… 






Esta larga introducción se debe a que, en el post de hoy, quería comentar Los ojos de Julia (2010) de Guillem Morales. Se trata del segundo largometraje de este director tras El habitante incierto (2004) y, al igual que El orfanato, está producida por Guilermo del Toro. Ya desde la publicidad se busca relacionar ambas películas y el espectador no puede, además, dejar de acordarse de Los otros (y también de, la menos conocida, Ausentes). En todos los casos, hay unos hechos enigmáticos que no encuentran, al final, una explicación racional y cartesiana, sino más bien, sobrenatural, lírica, metafísica o psicopatológica. Siguiendo este esquema, Los ojos de Julia comienza con un golpe de efecto inicial verdaderamente hábil (casi hitchcockiano) que busca provocar la perplejidad del espectador y, a partir de ahí, nos introduce en un laberinto en el que acabaremos avanzando literalmente a ciegas hasta llegar a una resolución que nos reserva el golpe de efecto final. Este camino estará jalonado por dos elementos empleados con gran sutileza a lo largo del desarrollo del film: en primer lugar, una inteligente utilización de trucos visuales que lejos de caer en el mero efectismo ayudan a construir el sentido de la historia (a destacar, la secuencia inicial, la persecución por los pasillos de la residencia, la utilización de la cámara subjetiva en la secuencia del hotel, el truco empleado para conseguir que el espectador se meta en la piel de la protagonista en su fase de ceguera y, en una de las últimas secuencias, la utilización de los fogonazos del flash de una cámara fotográfica para iluminar en la oscuridad); en segundo lugar, de forma no tan visible, hay un humor negro soterrado que aflora en determinados detalles de manera bastante evidente (como en el caso del nombre del pueblo donde se ubica el hotel al que acude el matrimonio protagonista) como en otros no tan obvios (como en la caracterización del personaje del marido, en la que algunos críticos se han cebado y que habría que situar en su contexto) que remiten, como ya comentamos al hablar de las escenas iniciales, a la influencia de Alfred Hitchcock en el estilo narrativo del film. No obstante, para mi gusto, el tono lírico de la última secuencia rompe el tono general de la película y no la beneficia en nada. Igualmente, hay ciertas deficiencias de la puesta en escena en determinados momentos de la cinta que también merman el nivel de calidad alcanzado. 


En relación a las interpretaciones, a la habitual solvencia de Belén Rueda y Lluis Homar en los papeles protagonistas, se unen las excelentes interpretaciones que hacen dos veteranos como Julia Gutiérrez Caba y Joan Dalmau y la revelación de Pablo Derqui que se adapta de modo absolutamente convincente a un personaje verdaderamente difícil. 


En suma, aunque quizás no alcance el nivel de Los otros y El orfanato, Los ojos de Julia es una película que agradará a los aficionados del cine en general y, en particular, a los del cine de terror. 


Nota (de 1 a 10): 7.
  
Lo que más me gustó: Su empaque visual.

Lo que menos me gustó: Determinadas imperfecciones de la puesta en escena en algunos momentos de la película.