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domingo, 27 de marzo de 2011

VALOR DE LEY (o “los tipos duros no bailan” (*) y las chicas duras, tampoco)

TÍTULO: Valor de ley. TÍTULO ORIGINAL: True Grit. AÑO: 2010. NACIONALIDAD: USA. DIRECCIÓN Y GUIÓN: Joel Coen y Ethan Coen, adaptando la novela de Charles Portis. MÚSICA ORIGINAL: Carter Burwell. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon y Josh Brolin. Página web oficial: http://www.truegritmovie.com/


En 1969, bajo la dirección de Henry Hathaway, se realizó la primera adaptación al cine de la novela de Charles Portis True grit, publicada en forma de serial en el The Saturday Evening Post en el año 1968. En mi opinión, esta película (titulada en España Valor de ley) es uno de los mejores westerns de la historia. A partir de las magníficas interpretaciones de John Wayne (por la que ganó el único Óscar de su carrera) y Kim Darby (en el papel de la joven Mattie Ross, quien quiere vengar la muerte de su padre a manos de uno de sus empleados), se desarrollaba una historia de iniciación, narrada con brío, agilidad y brillantez.


Ante el antecedente de una adaptación magistral, que los hermanos Cohen decidieran retomar la novela de Portis para su nueva película constituía una relativa sorpresa. Es sorpresa porque no es nada habitual realizar remakes de títulos clásicos: no se han hecho –y dudo que se hagan- ni de Casablanca ni de Lo que el viento se llevó ni de Ciudadano Kane ni, en el terreno del western, de Río Bravo o de Centauros del desierto (sí se realizó de La diligencia –en 1966, bajo la dirección de Gordon Douglas y, hoy, está piadosamente olvidado- y uno muy curioso de Fort Apache –Distrito Apache, de 1981, de Daniel Petrie, que trasladó la acción a las calles del Bronx de finales de los 70 y principios de los 80-). Es relativa porque ya el año 2004 realizaron, con Ladykillers, un remake de El quinteto de la muerte, dirigida en 1955 por Alexander Mackendrick. Aunque el resultado de la experiencia pasó con más pena que gloria, ello no ha sido un obstáculo para que la repitan con Valor de ley.


CARTEL VALOR DE LEY


Lo primero que hay que decir es que, en realidad, ambas adaptaciones adoptan enfoques contrapuestos. Por encontrar un paralelismo literario, si la primera Valor de ley venía a ser como la Odisea de Homero, donde los héroes hacían un viaje de ida y vuelta, siendo capaces de restaurar al final una especie de justicia originaria, el remake de los hermanos Coen es más bien como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, donde el regreso de los protagonistas está lleno de amargura y el viaje habrá cambiado para siempre sus vidas. Como el orate coronel Kurtz en lo más profundo de la selva del Congo, cualquiera de los personajes podría terminar diciendo aquello de “el horror, el horror…”. Y, al igual que la historia que narra El corazón de las tinieblas, la película se desarrolla más allá de los límites en los que la civilización termina, más allá de donde, en magnífica metáfora visual, la vía del ferrocarril concluye de forma abrupta.


Si en la versión original, la interpretación de John Wayne era la de un personaje duro pero que transmitía una sensación de cierta calidez y la de Kim Darby, la de una joven audaz y decidida, pero cuya manifiesta fragilidad nos hacía despertar simpatías hacia ella, en el remake de los hermanos Coen laten emociones más inquietantes. La caracterización que hace de su personaje Jeff Bridges es la de un tipo frío, despiadado y amargado, que sólo al final nos muestra su gran corazón, mientras que Hailee Steinfeld (verdaderamente sensacional en su debut cinematográfico) traza unos rasgos duros e implacables para la adolescente que desea hacer justicia.


Hasta cierto punto, todo ello guarda coherencia con toda la obra anterior de los hermanos Cohen, ya que, en relación a los diversos géneros que han tocado, han tendido a realzar los aspectos oscuros y a incluir elementos de humor negro –recordemos Arizona baby (1987), Muerte entre las flores (1990), Fargo (1996), El gran Lebowski (1998) o No es país para viejos (2007). Y así, aunque con su gran perfección formal y con su seguimiento de las reglas de cada género parecía que los estuvieran respetando, en realidad los retuercen y los exprimen hasta, no se sabe muy bien, si para ponerlos al día o para extraer su esencia y mostrarnos su fundamento y, de paso, enseñarnos las tripas de la mentalidad e idiosincrasia estadounidenses.


Frente a la película original, los hermanos Coen introducen una variación en el desenlace, que me parece especialmente acertada, ya que lo hace más coherente con el tono de su film. De éste, cabe destacar, finalmente, la habitual eficacia de las interpretaciones de Matt Damon y Josh Brolin.


En definitiva, aunque me quedo con la primera versión, el Valor de ley de los hermanos Coen es una obra meritoria (que, sin embargo no llega a alcanzar el nivel de la que me parece su mejor película, Barton Fink, de 1991), que no decepcionará a ningún espectador que le guste el western o el cine de acción o de aventuras.


Nota (de 1 a 10): 8.

Lo que más me gustó: Los últimos 10 minutos son gloriosos.

Lo que menos me gustó: no hace olvidar la versión original.


(*) Los tipos duros no bailan es el título de una novela de Norman Mailer, publicada en 1984.

martes, 15 de marzo de 2011

CISNE NEGRO (o la letra con sangre entra)


TÍTULO: Cisne negro. TÍTULO ORIGINAL: Black Swan. AÑO: 2010. NACIONALIDAD: USA. DIRECTOR: Darren Aronofsky. GUIÓN: Mark Heyman, Andrés Heinz y John McLaughlin. MÚSICA ORIGINAL: Clint Mansell. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Barbara Hershey y Winona Ryder. Página web oficial: http://www.elcisnenegro-lapelicula.com/

Cuando los espectadores salgan del cine de ver esta película, se les podrá dividir en dos grupos: los que la amen y los que la odien. No existirá el término medio, porque esta película podrá causar todo tipo de reacciones menos la indiferencia.

De entrada, doy mi opinión: a mí me parece que es una absoluta obra maestra. Y ello por un motivo fundamental: puede haber películas parecidas a lo que pretende hacer Cisne negro, pero ninguna lo ha hecho del mismo modo ni ninguna lo ha hecho igual de bien a como lo hace esta cinta.

Por supuesto, ello requiere una explicación. Cuando pensamos en cine, tendemos a pensar en películas que narran una historia de ficción. Ello no llega a ser ni una verdad a medias, porque si queremos hablar de cine debemos hablar, en realidad, de tres tipos diferentes de cine.

Si hubiera que hablar en términos cronológicos, el cine narrativo no es ni siquiera el primero en aparecer, porque ese mérito habría que concedérselo al que vamos a denominar, para entendernos, cine documental. Recordemos que la que se considera primera película de la historia es Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir (1895). De hecho, lo que empezaron haciendo los hermanos Lumière fue colocar la cámara delante de situaciones en movimiento y empezar a grabar, con el fin de retratar imágenes de la vida cotidiana. Igual ocurrió en España, donde la primera película realizada fue Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza (1896). (Con posterioridad, el cine documental seguirá teniendo su lugar en la producción cinematográfica, con nombres de gran altura como Robert O´Flaherty con títulos clásicos como Nanook el esquimal -1922- o El hombre de Aran -1934-).


Es cierto que casi inmediatamente aparece el que ya hemos denominado como cine narrativo, con El regador regado (1896) y que esta tendencia es la que acabará predominando con carácter absolutamente mayoritario a partir de las famosas comedias del cómico francés Max Linder y de la compañía cinematográfica norteamericana Keystone (donde empezó su carrera Charles Chaplin), de los seriales tipo Fantomas, de las películas del director francés Louis Delluc, de la aparición del western, de la mano, fundamentalmente, del director Thomas H. Ince y de la configuración definitiva de los mecanismos de la narrativa cinematográfica con las películas de David W. Griffith. (A partir de aquí, piensen en cualquier clásico de la historia del cine y, toda probabilidad, será parte de esta tendencia: desde Lo que el viento se llevó a Casablanca, desde El padrino a La guerra de las galaxias).


Hay, sin embargo, un tercer tipo de cine, de naturaleza más escurridiza, que vamos a llamar, para poder darle un nombre, cine de sensaciones, cine vanguardista o cine experimental. Lo característico de este tipo de cine es que ni intenta retratar la vida real, como hace el cine documental, ni intenta desarrollar una ficción que simule la realidad, como hace el cine narrativo, sino que intenta combinar las imágenes para crear un mundo completamente alejado de la realidad. Este tipo de cine no pretende narrar una historia ni busca, como objetivo principal, ser comprendido por el espectador. Básicamente, desea provocar una experiencia sensitiva y emocional, apelando a un discurso apartado de la lógica estrictamente racional. Opino que el origen de esta tendencia hay que buscarlo en las películas de Georges Meliès, como Viaje a la luna (1902), en el expresionismo alemán, con títulos como El gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene y Nosferatu (1922) de F. W. Murnau y en el cine experimental de la directora francesa Germaine Dulac, como, p.ej, La coquille et le clergyman (1927). Sin embargo, los dos títulos que inauguran sin ningún lugar a dudas este tipo de cine son los dos experimentos surrealistas de Luis Buñuel: Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930). Si no ha quedado claro sobre qué se entiende por provocar emociones al espectador, basta con ver la primera secuencia de Un perro andaluz para que sí lo esté: Luis Buñuel, con navaja de barbero, secciona el globo ocular a una mujer. La metáfora que se quiere expresar con ello es que esta película pretendía romper la “mirada tradicional” y dar paso a una nueva forma de ver la realidad. Pero era, a la vez, reflejo de una característica básica de este tipo de cine: para provocar sensaciones, se rompía, deliberadamente, con las imágenes convencionales y las reglas de la narrativa clásica y se experimentaba con formas narrativas alternativas e imágenes impactantes.


Desde entonces, directores como José Val del Olmar, Alain Resnais, Jean Luc Godard, Andy Warhol, Jean Marie Straub, Alexander Kluge, Iván Zulueta, David Lynch o Tim Burton han desarrollado, en mayor o menor medida, esta tendencia. Y también Darren Aronofsky, director de Cisne negro. Sus películas Pi, fe en el caos (1998), Réquiem por un sueño (2000) y La fuente de la vida (2006) son enigmas laberínticos en los que la compresión cede paso abiertamente a la perplejidad. Quizás porque, después de estos tres títulos, realizó El luchador (2006) –que era un título más ajustado a los cauces narrativos tradicionales y, posiblemente, vio las posibilidades que los mismos ofrecían-, Aronofsky, en Cisne negro, ha hecho una jugada genial: hacer una película vanguardista con los patrones de la narrativa clásica, algo verdaderamente excepcional dentro de la historia de la cinematografía.



Hay una película francesa de 1984 (La mujer pública de Andrzej Zulawski) que trata un tema que guarda cierto parecido al de Cisne negro: una actriz sin experiencia es escogida por un director de cine para interpretar un personaje en una adaptación de Los demonios de Fiódor Dostoyevski. Sin embargo, la actriz no es capaz de ejecutar el papel según los deseos del director y sólo viviendo las experiencias que se desarrollan a lo largo del film, podrá llegar a llevar a cabo su interpretación captando la esencia del personaje. Para contar esta historia, el director utiliza técnicas del teatro de vanguardia (Brecht, Ionesco, Beckett, teatro del absurdo), de forma que uno de los problemas de la película acaba siendo que el espectador se distancia de la misma y no llega a introducirse en ella.

Pero con Cisne negro es distinto. Aquí también hay una artista inexperta (en este caso, una bailarina, -Nina Sayers- a quien da rostro Natalie Portman) que le asignan el papel protagonista en El lago de los cisnes de Chaikovski. Y tiene que interpretar a la princesa Odette (el cisne blanco) y a Odile (el cisne negro). Ambos personajes vienen a representar dos caras distintas de cualquier ser humano, la bondad frente a la perversidad, la sentimentalidad frente a la sensualidad, la espiritualidad frente a la carnalidad, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pero Nina, que es capaz de interpretar sin problemas al cisne blanco, por una serie de circunstancias que se exponen en la película, no es capaz de llegar a la esencia del cisne negro. Y ello la sumerge en una vorágine emocional que le provoca un trastorno psíquico. Y lo que hace Aronofsky es meternos a nosotros, a los espectadores, en ese trastorno. Desde el principio, la cámara se pega a la nuca de la protagonista y empezamos a ver la realidad con la mente, los ojos y los sentimientos de la protagonista. Y no utiliza una narración retorcida, porque el guión tiene una estructura absolutamente clásica (al contrario de lo que suele ocurrir en todo el cine de vanguardia): exposición, nudo, desenlace, incidente incitador, conflicto de la protagonista, clímax final… ¿Y qué sucede? Si en La mujer pública, el espectador se distancia de la película, aquí el espectador, por la envoltura familiar de la estructura de la historia, se mete en ella desde el primer momento, es decir, se mete en el trastorno de la protagonista casi sin darse cuenta. Si La mujer pública es un lobo que aparece como tal, Cisne negro viene a ser un lobo disfrazado de abuelita que nos introduce en su torrente patológico imperceptiblemente y nos hace conmovernos y agitarnos con las vivencias de una mente perturbada.

En mi opinión, por su originalidad y su calidad artística, Cisne negro tendría que haber ganado el Óscar a la mejor película del año 2010, pero la Academia tiende a ser conservadora en sus gustos y el exceso de innovación y originalidad no suelen ser premiadas con facilidad. A pesar de ello, es una gran película en donde el cuarteto protagonista (Vincent Cassel – en el papel de director de la compañía-, Mila Kunis –como rival de Nina-, Barbara Hershey – como madre de Nina- y, sobre todo, una extraordinaria Natalie Portman – justísima ganadora del Oscar a la mejor interpretación femenina-) brilla a un altísimo nivel y donde Darren Aronofsky ejecuta una magistral realización donde combina con maestría la vertiente psicológica de la historia y las secuencias de danza, hasta llegar a un desenlace verdaderamente apoteósico.
En resumen, creo que Cisne negro es una de las películas más sobresalientes que se han podido ver en los últimos años y, a pesar de su clima desasosegante, será un título que será recordado por muchos, muchos años.

Nota (de 1 a 10): 9,5.

Lo que más me gustó: En general, todo.

Lo que menos me gustó: La división irreconciliable que generará entre los espectadores.

sábado, 12 de marzo de 2011

EL DISCURSO DEL REY (o "el medio es el mensaje")


Título: El discurso del rey. Título original: The King´s Speech. Año: 2010. Nacionalidad: Reino Unido, Australia y USA. Director: Tom Hooper. Guión: David Seidler. Música original: Alexandre Desplat. Intérpretes principales: Colin Firth, Helena Bonham Carter, Geoffrey Rush, Derek Jacobi, Michael Gambon, Guy Pearce, Claire Bloom, Eve Best, Timothy Spall, Anthony Andrews, Roger Parrott. Página web oficial: http://www.eldiscursodelrey.com/


Aunque El discurso del rey es una película que plantea con gran claridad una serie de temas, pienso que es muy sutil cuando trata el asunto medular de la historia. Por ello, voy a dar un pequeño rodeo para intentar dejar claro cuál, es en mi opinión, el núcleo central del film.


Chicago, 26 de septiembre de 1960. Ese día, desde esa ciudad, la televisión retransmitió el primero de tres debates que cambiaron para siempre la forma en que los políticos se relacionaban con los ciudadanos. A un lado de la pantalla, estaba John Fitzgerald Kennedy, candidato por el Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. Al otro, estaba Richard Nixon, candidato por el Partido Republicano. Nixon era un político curtido que había ejercido durante 8 años la vicepresidencia de la Nación, con Eisenhower en la Presidencia. Kennedy, aunque había ocupado un escaño en la Cámara de Representantes de 1947 a 1953 y, desde ese último año, otro en el Senado, no había tenido hasta la fecha experiencia ejecutiva en un puesto de responsabilidad y ello constituía un duro hándicap frente a su contrincante. Pero la televisión cambió radicalmente la relación de fuerzas entre los contendientes. Nixon se presentó al debate después de haber pasado unos días hospitalizado por una lesión en la rodilla. Llegó al plató visiblemente tenso y demacrado y no aceptó maquillarse. La camisa blanca que llevaba puesta producía, además, un brillo molesto en la pantalla de los televisores. Finalmente, las respuestas de Nixon a las preguntas las realizaba mirando a los periodistas y no dirigiendo la vista hacia las cámaras. Kennedy contó antes del debate con el asesoramiento de expertos como el abogado y escritor Ted Sorensen o el director de cine Arthur Penn (quien contaba con una amplia experiencia televisiva). Acudió con la tez bronceada, aceptó maquillarse y respondió a las preguntas de forma breve y concisa, mirando directamente a la cámara, transmitiendo una imagen de seguridad y confianza. Como elemento final, su camisa era de color celeste, con lo que evitó el molesto brillo que se veía en el caso de su contrincante. Quienes siguieron el debate por la radio, dieron en las encuestas posteriores la victoria en el mismo a Nixon. Pero quienes lo siguieron por televisión, se decantaron claramente por Kennedy. En las elecciones, Kennedy ganó por un estrechísimo margen de 34.220.984 votos frente a los 34.108.157 de su contrincante y se considera que, en el resultado final, fueron decisivos los debates. (En el enlace que adjunto a continuación se puede acceder al archivo de Radio Televisión Española con vídeos y audios de los mismos:














Denver, 28 de agosto de 2008. Ese día fue el de la clausura de la convención del Partido Demócrata norteamericano. Barack Obama ha sido proclamado candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Para conseguirlo, ha tenido que batir en las elecciones primarias a una durísima rival, Hillary Clinton, que contaba con su gran carisma y con el apoyo de su marido, el expresidente Bill Clinton. En el camino hacia la victoria, una de sus herramientas fundamentales ha sido la utilización de internet y de las redes sociales como medio para difundir su programa y captar electores. Hay que decir que no fue el primer candidato que desarrolló una importante campaña en internet para conseguir apoyos. Cuatro años antes, Howard Dean, también candidato del Partido Demócrata, había adquirido gran notoriedad por este mismo hecho. Sin embargo, unos primeros reveses iniciales y el hecho de contar con la oposición de algunos medios partidarios del Partido Demócrata (fundamentalmente, la CNN), que no lo consideraban como el mejor candidato posible para enfrentarse a Bush, provocaron que su campaña se desinflara y se acabara retirando de la carrera presidencial. (El famoso “grito de Iowa”, por el que fue masacrado y ridiculizado por sus detractores, hizo el resto. Si quieren ver lo que pasó, pueden verlo en este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=D5FzCeV0ZFc. Si tienen dudas sobre si fue masacrado y ridiculizado, este otro vídeo se las resolverá: http://www.youtube.com/watch?v=BqBz48BVMjA&NR=1). Con Obama, fue distinto. Entre otros elementos, porque uno de los artífices de su estrategia en estos medios fue Chris Sacca, antiguo Director de Iniciativas Especiales de Google y a quien, el Wall Street Journal calificó como ”posiblemente, el hombre de negocios más influyente de América”. No sabemos qué hubiera sucedido si internet no hubiera existido. ¿Habría vencido Obama en las elecciones primarias del Partido Demócrata?¿Habría sido elegido finalmente presidente? Quizás, sí. Pero en este punto conviene recordar lo que un publicitario dijo hace algún tiempo: si Franklin Delano Roosevelt se hubiese presentado a las elecciones en la época de la televisión no habría llegado jamás a la Presidencia, porque nadie hubiera votado a una persona que tenía que utilizar silla de ruedas (recordemos que Roosevelt padeció de poliomielitis cuando tenía 39 años).






















Todos estos ejemplos apuntan a varios hechos fundamentales. El primero es obvio: la importancia del marketing en política (casi se podría afirmar que la mayor parte de la política es marketing). Pero pienso que hay algo más profundo: para que un liderazgo se afiance se necesita que los ciudadanos perciban una apariencia sólida. Cuando al final de El discurso del rey, toda Gran Bretaña está escuchando el mensaje del monarca en unas circunstancias difíciles, está claro que lo que esperan del soberano es que el máximo representante de la nación transmita confianza a toda la ciudadanía, que les asegure que quienes gobiernan estén convencidos de la victoria, que les infunda la certeza de que al mando hay alguien que sabe qué es lo que hay que hacer. Cuando vemos a los ciudadanos pendientes de la radio, lo que vemos es preocupación y miedo. Y lo que buscan es sentir que hay alguien con la entereza suficiente para asumir la responsabilidad de proteger a todo un país, siendo casi irrelevante el mensaje concreto y, absolutamente esencial, que se sepa comunicar la sensación de dominio sobre la situación. Y para lograr ese objetivo, el gobernante se sirve en cada momento histórico de los medios acordes con su época.























El conflicto que narra El discurso del rey es que ha finalizado la era en la que a través de la pompa y el boato los reyes manifestaban su poder y ha comenzado otra en que deben hacerlo a través de los medios de comunicación de masas: la radio y los noticiarios cinematográficos. Y el problema para Jorge VI es que su tartamudez le supone un obstáculo aparentemente insalvable para ese fin. Y, tal como pasó posteriormente a Kennedy o a Obama, tuvo que confiar en alguien, sin saber en absoluto si tenía o no la fórmula del éxito, porque se carecía de experiencia previa para saber qué métodos eran validos y cuáles no (y se podía fracasar igual que fracasó Howard Dean muchos años después). Porque el logopeda al que recurre cuando aún no es rey, ni tan siquiera heredero al trono (porque el heredero es su hermano Eduardo), realmente no tiene ni titulación. Ha ido desarrollando su trabajo a golpe de intuición y buena voluntad. Pero tras el fracaso de numerosos especialistas en resolver su problema, la única persona que parece que ha demostrado cierta eficacia es Lionel Logue. Y cuando el soberano reinante fallezca, y su hijo mayor, Eduardo VIII renuncie a la corona para poder casarse con una norteamericana divorciada (Wallis Simpson), y Jorge VI se vea casi por casualidad como monarca, en este logopeda australiano será la única persona en que él pueda apoyarse para resolver su problema.


Como es tradicional en el mejor cine inglés, El discurso del rey logra narrar esta historia con una espléndida ambientación y unas interpretaciones magníficas, que logran recrear a la perfección la época en que se desarrolla la película. Colin Firth ha sido justo ganador del Oscar al mejor actor por su papel y hubiera sido igual de justo que también se hubieran llevado sendas estatuillas Helena Bonham Carter (por su caracterización como esposa de Jorge VI) y Geoffrey Rush (en su papel de logopeda). No brillan a menor altura Derek Jacobi, como arzobispo Lang y Michael Gambon, como Jorge V.


Si me preguntan si me parece bien que haya ganado el Oscar a la mejor película, les diría que La red social me gustó más y que hay otra película (que comentaré en la próxima entrada) que me parece la mejor del año 2010. No obstante, no creo que la Academia haya cometido ninguna barbaridad en darle el premio a este film porque constituye un riguroso ejercicio de estilo que logra narrar la historia con absolutos clasicismo y verosimilitud. Si le encuentro alguna pequeña pega al film es que en su afán excesivamente clasicista y perfeccionista, se permite pocos riesgos en algunos momentos y prefiere caer en el tópico y en una realización rutinaria.


No obstante, la valoración global es que es una película altamente recomendable y que satisfará a un alto número de espectadores como casi siempre ocurre cuando se cuenta una historia de superación personal.


Para terminar, un pequeño regalo. Si quieren oír cómo fue verdaderamente el discurso que Jorge VI pronuncia al final de la película, aquí tienen el enlace de youtube con la grabación original de la BBC:
http://www.youtube.com/watch?v=DAhFW_auT20

Nota (de 1 a 10): 8,5.


Lo que más me gustó: la ambientación y las interpretaciones.


Lo que menos me gustó: la secuencia de la visita de la pareja real a la casa del logopeda.

lunes, 7 de marzo de 2011

BALADA TRISTE DE TROMPETA (o “España y yo somos así, señora” *)

 
Título: Balada triste de trompeta. Año: 2010. Nacionalidad: España. Dirección y guión: Álex de la Iglesia. Música original: Roque Baños. Intérpretes principales: Carlos Areces, Antonio de la Torre, Carolina Bang, Santiago Segura, Fofito, Raúl Arévalo, Fernando Guillén Cuervo, Sancho Gracia, Fran Perea, Manuel Tejada, Enrique Villén, Gracia Olayo, Luis Varela, Terele Pávez, José Manuel Cervino, Joaquín Climent, Fernando Chinarro. Página oficial: http://www.baladatristedetrompeta.com/

En los últimos veinte años, pienso que en España han surgido cinco directores que han destacado por encima del resto. Mientras que en tres de ellos debo reconocer que tiene más peso mi opinión y mis gustos personales (Antonio Hernández, Roger Gual y Cesc Gay), en relación a los dos restantes, la unanimidad es prácticamente generalizada (Alejandro Amenábar y Álex de la Iglesia).

Hay que admitir que, de todos ellos, Álex de la Iglesia es el más heteredoxo e irregular. Heterodoxo, porque, frente a la mayoría de sus colegas, asume sin tapujos elementos temáticos y estéticos de la cultura popular moderna (el cómic, la ciencia ficción, el género de terror, escaso pudor en mostrar escenas de gran violencia…). Irregular, porque ha tocado el cielo con títulos como El día de la bestia (1995) o La comunidad (2000), se ha sumergido en el infierno con Crimen ferpecto (2004) y ha llegado a transitar por el limbo con, por ejemplo, Los crímenes de Oxford (2008). La curiosidad se centraba en averiguar qué nos íbamos a encontrar con Balada triste de trompeta.

 

La última película de Álex de la Iglesia está emparentada con otro título anterior suyo: Muertos de risa (1999). En ambos casos, la película se desarrolla en los años 70. En el film de 1999, los protagonistas eran dos cómicos: uno, el que da las bofetadas; otro, el que las recibe. En Balada triste de trompeta, los protagonistas son dos payasos: el payaso tonto y el payaso triste. En ambas películas, los protagonistas acaban enfrentándose. Y de las dos cintas, se puede extraer la misma moraleja: si hubiesen sido españoles, Caín no habría matado a Abel porque Abel se le hubiera adelantado…

La gran diferencia entre ambos títulos es que mientras que en Muertos de risa predominaba una ambientación pop muy propia de la época que retrataba, en Balada triste de trompeta el clima es absolutamente tétrico y tenebroso. El cine de Álex de la Iglesia, que siempre se ha caracterizado por su humor negro, se envuelve en su última cinta en un pesimismo retorcido donde apenas se vislumbran elementos positivos. La violencia, siempre presente en su filmografía, se torna aquí sanguinolenta y entreverada por un espanto sobrecogedor en el que los momentos de humor, en vez de suavizarlo, lo que provocan es que su presencia se intensifique y se vuelva más aguda. Si el acontecimiento real que se retrataba en Muertos de risa era la aparición en la televisión del mentalista israelí Uri Geller, aquí es el atentado contra Carrero Blanco en una escena que no hace más que reforzar el tono macabro de toda la cinta.

La historia está narrada, además, a un ritmo frenético, casi delirante, que arranca con una secuencia visualmente impactante (imagínense a un payaso matando soldados a machetazos) y unos títulos de crédito espectaculares que habría que destacar como de los mejores que se han visto en toda la historia del cine español. En su desarrollo posterior, se van sucediendo escenas brutales que serán difíciles de aceptar para la sensibilidad de muchos espectadores. Para cerrar el círculo, la sensacional secuencia final –que es un claro homenaje a Con la muerte en los talones (1959) de Alfred Hitchcock- se desarrolla en la cruz del Valle de los Caídos, con un desenlace truculento a tono con el resto de la película.

Considero que tiene gran mérito que, en medio del desarrollo caótico que la historia acaba teniendo, los actores brillen a un gran nivel, debiendo destacar el trabajo del trío protagonista (Carlos Areces, Antonio de la Torre y Carolina Bang) aunque todo el elenco de secundarios no desmerece en absoluto, logrando en todos los casos una magnífica caracterización de sus personajes.

Valorada desde un punto de vista global, me parece que la película ofrece unas imágenes con un poderío incontestable y que la historia tiene una fuerza innegable pero al final acaba teniendo un ritmo excesivamente precipitado que acaba perjudicando la posibilidad de que el espectador pueda ir asimilando una historia de tintes tan sombríos como la que aquí se nos presenta.

Nota (de 1 a 10): 7,5.

Lo que más me gustó: Los títulos de crédito y la secuencia final en el Valle de los Caídos.

Lo que menos me gustó: El ritmo excesivamente precipitado de la narración.

* Esta frase pertenece a la obra teatral En Flandes se ha puesto el sol (1910), de Eduardo Marquina