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jueves, 26 de mayo de 2011

MIDNIGHT IN PARIS (o todo lo que usted siempre quiso saber sobre el complejo de la Edad de Oro y nunca se atrevió a preguntar)



TÍTULO: Midnight in Paris. TÍTULO ORIGINAL: Midnight in Paris. AÑO: 2011. NACIONALIDAD: USA y España. DIRECCIÓN Y GUIÓN: Woody Allen. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Owen Wilson, Rachel McAdams, Michael Sheen, Nina Arianda, Kurt Fuller, Mimi Kennedy, Carla Bruni, Léa Seydoux, Marion Cotillard, Tom Hiddleston, Alison Pill, Kathy Bates, Corey Stoll y Adrien Brody. PÁGINAS WEB OFICIALES: http://www.midnightinparislapelicula.com/ y http://www.sonyclassics.com/midnightinparis/

Hay determinados directores sobre los que parece forzoso tener una opinión: Woody Allen, Pedro Almodóvar, Quentin Tarantino… Es normal que te puedan preguntar: ¿qué te parecen las películas de Almodóvar? Es más difícil que, en un momento dado, alguien pueda querer saber tu opinión sobre las películas de Christopher Nolan, Ron Howard, David Fincher o Antonio Hernández. Lo paradójico del caso de Woody Allen es que resulta difícil tener una opinión única sobre una filmografía que tiene películas tan distintas unas de otras. Se le podría decir a alguien que Toma el dinero y corre (1969), Annie Hall (1977), Interiores (1978), Manhattan (1979), Recuerdos (1980), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Match Point (2005), Scoop (2006) o Midnight in Paris (2011) son películas de directores diferentes y podría creerlo sin problemas. Por ello, cada vez que se produce un nuevo estreno del cineasta neoyorquino, siempre existe la duda sobre qué dirección va a tomar (¿drama o comedia?¿genialidad o naufragio?) y sobre si su capacidad creativa ya ha dado de sí todo lo que ha podido o si su obra nos va a deparar alguna sorpresa. Tengo que decir que, en esta ocasión, hay que quitarse el sombrero ante el señor Allen.

Seguro que, muchísimas veces, han oído frases de este tenor: “ya no hay futbolistas como los de antes”,”ya no hay ciclistas como los de antes”,”ya no hay boxeadores como los de antes”,”antes sí que había buenos políticos, no como ahora”,”antes sí que se vivía con tranquilidad”,”las de antes sí que eran buenas películas”,”para cantantes, los de antes”… Así, escojamos el tema que escojamos, siempre hubo mejores tiempos que el presente. Esto, por supuesto, no siempre es cierto. Lo que sucede es que idealizamos el pasado: sólo vemos lo positivo y luminoso de una época anterior y nos olvidamos de sus puntos oscuros. Llevado esto al extremo, se produce lo que se denomina “complejo de la Edad de Oro”: no somos capaces de adaptarnos a nuestra realidad y pensamos que ya no vamos a ser capaces de alcanzar nuestra plenitud personal porque, para ello, creemos que tendríamos que haber vivido en otro tiempo.

Éste es el trasfondo de Midnight in Paris, una comedia que empieza con una auténtica declaración de amor a la capital francesa (sin palabras, pero no silenciosa) y que, a continuación, traza de manera sutil y con ese toque ágil e impresionista, característicos del director, los perfiles de los personajes principales y las relaciones entre ellos. Entonces, la mirada se va centrando en quien se convierte en el protagonista del film, interpretado por Owen Wilson (y que es un claro trasunto de Allen, táctica que suele utilizar en las comedias en las que él no interviene como actor) y sus dificultades para convertirse en un novelista de calidad. Poco más podemos contar si no queremos destripar la historia, pero sí que debemos mencionar las magníficas caracterizaciones de Rachel McAdams, Kurt Fuller y Mimi Kennedy (que interpretan a la novia del protagonista y a los padres de ella, respectivamente) e impagable la de Michael Sheen (amigo de la pareja) y que, sólo por ella, valdría la pena ver la película. También están estupendos (y si ven el film, entenderán por qué los menciono aparte) Marion Cotillard (que se está convirtiendo, posiblemente, en la mejor actriz del momento y creo que no exagero para nada), Tom Hiddleston, Alison Pill, Corey Stoll y Adrien Brody (que no digo qué papeles interpretan para no contar más de la cuenta). Como verán, un auténtico festín interpretativo trufado con una agradable ironía que revela (como siempre) el verdadero espíritu de Woody Allen: intenta hablar de los grandes temas en voz baja, casi sin darse importancia, quitando trascendencia y dramatismo, para que captemos mejor su esencia, sin que nos pueda distraer el vocerío o el tono excesivamente rimbombante. En Midnight in Paris lo consigue, siendo, además, una película magníficamente rodada, con una deslumbrante fotografía y de la que es muy difícil no salir de la sala con una sonrisa en los labios.

Para terminar, adjunto tres enlaces que, hayan visto o no el film, les ayudará a ponerlo adecuadamente en contexto. Como mi costumbre es contar lo menos posible de la historia, no les digo por qué.

http://es.wikipedia.org/wiki/Cole_Porter

http://es.wikipedia.org/wiki/F._Scott_Fitzgerald

http://es.wikipedia.org/wiki/Gertrude_Stein

(¡Ah!¿Y qué como está Carla Bruni en la película? Pues, nada: hace tres breves apariciones y está correctita. ¿Qué se esperaban?)

Nota (de 1 a 10): 9.

Lo que más me gustó: todo el reparto brilla a muy buen nivel.

Lo que menos me gustó: ¿es estrictamente necesario que Owen Wilson intente imitar a Woody Allen?

viernes, 20 de mayo de 2011

SIN IDENTIDAD (o ¿quién soy?¿de dónde vengo?¿a dónde voy?)


TÍTULO: Sin identidad. TÍTULO ORIGINAL: Unknown. AÑO: 2011. NACIONALIDAD: USA. DIRECCIÓN: Jaume Collet-Serra. GUIÓN: Oliver Butcher y Stephen Cornwell, adaptando la novela Out of my head de Didier van Cauwelaert. MÚSICA ORIGINAL: John Ottman y Alexander Rudd. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Liam Neeson, Diane Kruger, January Jones, Aidan Quinn, Bruno Ganz, Frank Langella, Sebastian Koch. PÁGINA WEB OFICIAL: http://wwws.warnerbros.es/unknown/index.html

No es habitual que un cineasta español triunfe en Hollywood, pero Jaume Collet-Serra (nacido en Barcelona, en 1974) lo ha conseguido. Ya nos empezó a caer bien con La casa de cera (2005), donde el asesino en serie de turno no dejaba pasar muchos minutos del metraje antes de cargarse a Paris Hilton (detalle que nunca le agradeceremos lo suficiente a este director) y se consolidó claramente con La huérfana (2009) pero es, evidentemente, con Sin identidad donde ha alcanzado claramente la madurez.


La afirmación más repetida desde que se estrenó esta película ha sido que está emparentada claramente con el cine de Hitchcock. Se trata, en realidad, de una verdad a medias.

Liam Neeson interpreta a un profesor universitario que llega a Berlín con su esposa. Cuando llega al hotel, descubre que se ha dejado un maletín en el aeropuerto, por lo que decide volver allí para recuperarlo. En el trayecto, el taxi en el que viaja sufre un accidente y pierde la consciencia. Cuando, tras pasar varios días en un hospital, vuelve en sí y decide ir rápidamente al hotel para tranquilizar a su esposa, se encontrará con una desagradable sorpresa que le hará dudar si es realmente la persona que él cree ser.

Hasta aquí, el argumento guarda un claro parentesco con Alarma en el expreso (1938) de Alfred Hitchcock y, de ahí, deriva buena parte de los comentarios de críticos y periodistas. No obstante, a partir de este planteamiento, el desarrollo de la película difiere del que le hubiese dado el genial director británico, por dos motivos fundamentales:

1. En primer lugar, hay un peso significativo de las secuencias de acción al estilo Bond, lo cual no era habitual en las películas de don Alfred, en las que si había secuencias de este tipo, siempre buscaba, de forma muy curiosa, darles un toque de verosimilitud, lo cual contrastaba con unas tramas que tendían, más bien, a retorcer hasta el límite nuestro sentido de la realidad. Por ello, si observamos momentos célebres como el del campo de maíz en Con la muerte en los talones (1959) o los de los ataques de las aves en Los pájaros (1963), podremos detectar su muy cuidada planificación, teniendo tanta importancia las escenas de acción propiamente dichas como las escenas que antecedían a las mismas, de forma que estas últimas lograban crear el clima previo adecuado.

2. En segundo lugar, Hitchcock siempre iba dosificando poco a poco la información que el espectador recibía, de modo que las películas iban más allá de la mera resolución de un acertijo, sobre todo porque su pretensión era la de desarrollar toda una serie de temas que constituían su obsesión (el sentimiento de culpa, los dilemas morales, la mirada morbosa, el lado siniestro que toda persona esconde, los mecanismos opresivos existentes en la familia…) y, para ello, no podía obligar al espectador a centrar toda su atención en el desvelamiento de un enigma. En Sin identidad, sin embargo, la parte esencial de la trama no se nos releva casi hasta el final. Utilizando la terminología clásica que emplea Robert McKee, podríamos decir que las películas de Hitchcock son de suspense, mientras que ésta es, más bien, una película de misterio.

Creo que el etiquetar la película como se ha hecho, no le hace justicia porque tiene méritos propios que hacen que no necesite comparaciones adicionales. El director sabe administrar muy bien el ritmo narrativo y logra un muy estimable nivel interpretativo de todo el reparto, de forma que podemos afirmar que tanto Liam Neeson como Diane Kruger, January Jones, Aidan Quinn, Bruno Ganz, Frank Langella o Sebastian Koch consiguen una magnífica caracterización de sus personajes, siendo ello uno de los elementos fundamentales para hacer convincente una historia especialmente enrevesada (no me lo creo: he destacado a ¡¡¡7 actores!!! en una misma película, a ver cuándo vuelve a ocurrir).

Como hecho negativo, en las secuencias de acción encuentro el mismo defecto que ya mencioné en mi comentario sobre Thor: un abuso de primeros planos que provoca que el espectador apenas se entere de qué está sucediendo.

Salvo este pequeño defecto (menor, porque en este caso dichas secuencias pienso que no forman parte de la esencia del film), Sin identidad brilla a gran altura. Si quienes estuvieron pendientes de Perdidos, pudieron quedar decepcionados porque en el último episodio no se reveló el hecho decisivo que pudiera dar luz a toda la trama, en esta película no va a ocurrir lo mismo: los sorprendentes acontecimientos que se suceden, acabarán encontrando su explicación y ésta hará encajar todas las frases, todos los gestos y todos los misterios. Que esto, además, haya sido hecho por un compatriota, francamente, me mola.

Nota (de 1 a 10): 7.

Lo que más me gustó: todos los elementos de la historia acaban cuadrando a la perfección.

Lo que menos me gustó: no se acaba de entender el comportamiento de uno de los personajes protagonistas en el desenlace del film.

domingo, 8 de mayo de 2011

THOR (o mejor no nos metamos en las cosas de los dioses)



TÍTULO: Thor. TÍTULO ORIGINAL: Thor. Año: 2011. NACIONALIDAD: USA. DIRECCIÓN: Kenneth Branagh. GUIÓN: Ashley Miller, Zack Stentz y Don Payne, basado en el cómic de Thor, creado por Jack Kirby y Stan Lee. MÚSICA ORIGINAL: Patrick Doyle. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Chris Hemsworth, Natalie Portman, Tom Hiddleston, Anthony Hopkins, Stellan Skarsgard, Kat Dennings. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.thor-lapelicula.es/

Aunque no sea muy conocido para los que no son aficionados, actualmente el cómic está pasando por una auténtica Edad de Oro. Por un lado, su vertiente más popular (la de los superhéroes) ha ido conociendo una transformación en sus planteamientos, de forma que la profundización psicológica y filosófica ha ido alcanzando cotas sublimes (llevándose la palma el giro de 180 grados experimentado, de la mano de Frank Miller, por el personaje de Batman, que ha pasado de ser un personaje pop a tener un perfil oscuro y afilado) y ha llegado a producir una obra maestra como Watchmen escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons. Por otro lado, se ha producido, de modo simultáneo, una ampliación de los temas tratados. Maravillas como V de Vendetta de Alan Moore (obra de ciencia ficción, donde se imagina una hipotética dictadura futura en el Reino Unido), Maus de Art Spiegelman (sobre el holocausto), Persépolis de Marjane Satrapi (sobre el régimen fundamentalista iraní), 300 (sobre la batalla de las Termópilas) y Sin City (con claros ribetes de novela negra) de Frank Miller, American Splendor de Harvey Pekar (sobre la vida cotidiana de su propio autor, un modesto empleado de Cleveland) o El libro del Génesis de Robert Crumb (donde se plasma en viñetas el primer libro de la Biblia), han ido abriendo sucesivas brechas hasta conseguir que el denominado noveno arte esté pasando por una espectacular etapa de esplendor.

La industria cinematográfica, consciente de este hecho, e inmersa en una apreciable crisis de creatividad, ha ido adaptando las historias de los personajes más famosos de las dos grandes compañías del mundo del cómic: la DC Comics (Superman, Batman, Catwoman) y la Marvel (Spiderman, Hulk, X-Men, Los 4 Fantásticos, Iron Man, Daredevil, El Motorista Fantasma, Blade…). De esta última, procede la historia de Thor, que es el personaje del que este año “tocaba” adaptación.

Hasta la fecha, la mayoría de las versiones cinematográficas de historias provenientes del mundo del cómic, raramente han alcanzado el nivel de las originales (posiblemente, con la notable excepción de Batman begins -2005 - y El caballero oscuro -2008 - dirigidas por Christopher Nolan). ¿Qué pasaría con Thor? Lo primero que llamaba la atención era el director elegido: el británico Kenneth Branagh. Dedicado tanto a la interpretación como a la dirección cinematográfica (Enrique V -1989-, Morir todavía -1991-, Los amigos de Peter -1992-, Mucho ruido y pocas nueces -1993-, Frankestein -1994-, Hamlet -1996-, Como gustéis -2006-, La huella -2007-) y teatral, especialista en Shakespeare, su perfil no es el habitual para este tipo de producciones, donde se eligen profesionales fogueados en el cine de acción y en el área de los efectos especiales. Por ello, el experimento de situarlo al frente de Thor era, de entrada, interesante.

El resultado final es, hasta cierto punto, paradójico y, claramente, desigual. Paradójico porque, aunque el director ha impregnado, como era previsible, de cierto tono shakesperiano a la película (en las relaciones del rey Odín con sus hijos Thor y Loki y en la caracterización psicológica de todas ellos), prima en ella una barroca imaginería visual y una manifiesta preferencia por que las secuencias de acción sean las que copen todo el protagonismo. Desigual porque, a pesar de este protagonismo, las citadas secuencias no alcanzan, en todos los casos, la brillantez mínima requerida. Resulta sorprendente que, muchas de ellas, se basen, casi exclusivamente, en primeros planos y, a la vez, tengan un ritmo frenético porque esta combinación genera tal confusión para el espectador que es difícil que éste se entere de algo (es doblemente sorprendente porque David W. Griffith ya sabía esto en 1915 cuando realizó El nacimiento de una nación y, si no se tiene aún claro, el compatriota de Kenneth Branagh, el director Lindsay Anderson, hizo un célebre análisis de una de las secuencias de esta película –el asesinato de Lincoln-, muy pedagógico para quien se quiera dedicar a esto del cine).

El reparto, en general, aunque sin deficiencias palpables (aunque quien más flojea es el protagonista, Chris Hemsworth), sí que se ha limitado a llevar a cabo unas interpretaciones funcionales, sin demasiadas pretensiones (en este sentido, pienso que están claramente desaprovechados Anthony Hopkins, Natalie Portman y Stellan Skarsgard).

A pesar de ello, los 114 minutos del film se dejan ver de forma entretenida, de modo que Thor es la típica película palomitera que, aunque no acaba de deslumbrar, tampoco irrita demasiado. Sin embargo, para quienes esperamos con impaciencia la tercera entrega de Batman que prepara Christopher Nolan, Thor no nos ha aliviado la espera.

Nota (de 1 a 10): 6.

Lo que más me gustó: su deslumbrante imaginería visual.

Lo que menos me gustó: lo comentado en relación a las secuencias de acción.