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viernes, 17 de enero de 2014

THE GRANDMASTER y AGOSTO



THE GRANDMASTER (o la película que termina donde empieza la leyenda)


TÍTULO: The Grandmaster. TÍTULO ORIGINAL: Yi dai zong shi. AÑO: 2013. NACIONALIDAD: República Popular China-Hong Kong. DIRECCIÓN: Wong Kar Wai. GUIÓN: Wong Kar Wai, Jingzhi Zou y Haofeng Xu. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Philippe Le Sourd. MÚSICA ORIGINAL: Nathaniel Méchaly y Shigeru Umebayashi. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Tony Leung, Zhang Ziyi, Chang Chen, Wang Qingxiang, Shang Tielong, Zhao Benshan. PÁGINA WEB OFICIAL: http://www.golem.es/distribucion/pelicula.php?id=309.





No estaríamos exagerando demasiado si decimos que el realizador chino (nacido en Shangai y residente en Hong-Kong) Wong Kar Wai se ha convertido en uno de los directores más importantes del panorama cinematográfico actual. Dejando a un lado sus películas menos conocidas (As Tears go By -1988-, Días salvajes -1990-, Chungking Express -1994-, Ashes of time -1994-, Fallen Angels -1995- y Happy Together -1997-), sólo Deseando amar (2000), 2046 (2004, film que ya comentamos recientemente: http://elespectadorimpertinente.blogspot.com.es/2013/12/especial-navidad.html) y My Blueberry Nights (2007) lo situarían como una de las figuras más relevantes del séptimo arte en los últimos tiempos, no sólo por la calidad alcanzada por sus films sino, sobre todo, por su original e innovador estilo. Wong Kar Wai es un director que, en todas sus películas, despliega un esteticismo preciosista y carente de complejos. Por ello, se le suele achacar que, en el fondo, lo que hace es brillo hueco, es decir, envoltura sin sustancia. Nada más lejos de la realidad. Aunque en las películas de Wong Kar Wai la trama siempre avanza entre líneas y de modo fragmentario, siempre hay presentes una serie de temas (recurrentes y casi obsesivos a lo largo de su obra) de gran hondura filosófica, psicológica y emocional: la identidad borrada (o difuminada) por el paso inevitable del tiempo y por las circunstancias cambiantes, el amor como un ideal inalcanzable, la memoria como recreación y no como retrato fiel del pasado, la heroicidad silenciosa, las heridas sin cicatrizar que todos escondemos y que marcan el rumbo de nuestras vidas, la nostalgia como refugio... The Grandmaster no constituye una excepción, aunque hay que hacer una serie de matizaciones sobre cómo nos la llegado la película desde China.










Existe un montaje original de este film para su país de procedencia, cuya duración es de unos 130 minutos. A Europa, nos ha llegado una versión de 120 minutos y, para Estados Unidos, The Weinstein Company ha distribuido la cinta con un metraje de 108 minutos. Todo ello debía repercutir, de algún modo, en la consistencia de la película. Sin embargo, hay que decir que, salvo la presencia de una de las subtramas (la del personaje llamado El Navaja), que parece quedar claramente desconectada del resto de la historia, la versión de The Grandmaster que hemos visto mantiene una gran coherencia y conserva todos los rasgos de estilo de Wong Kar Wai.

The Grandmaster narra la historia de Ip Man, célebre maestro de artes marciales que llegó a tener como discípulo a Bruce Lee. Aunque la biografía del personaje ya ha sido tratada por dos películas dirigidas por Wilson Yip (Ip Man -2008- e Ip Man 2 -2010-), Wong Kar Wai se aparta claramente de estos antecedentes y, fiel a su personalidad, se decanta por el lirismo y por elegir una línea profundamente emotiva como columna vertebral (subrepticia) de toda la historia. Porque, por encima de la rivalidad entre distintos maestros de las artes marciales del norte y sur de China y los combates entre ellos (de gran belleza plástica y de gran virtuosismo visual), sobresale al final la historia de un hombre que renuncia a un gran amor para no romper con su familia, aunque al final tenga que acabar viviendo en soledad, y la historia de una mujer que también renuncia a su gran amor para vengar a su padre, venganza que consuma aunque para ello tenga que traicionar el código de honor que constituye la más profunda de sus convicciones (algo que se expresa con una finísima sutileza). Al final, ambos se encontrarán en una China que no es la China que conocieron en su época dorada y, ese encuentro, no es sólo el encuentro de dos viejos amigos sino el encuentro de dos nostalgias sin cura, de dos frustraciones sin remedio y del descubrimiento conjunto de que el pasado glorioso ya es irrecuperable. Cuando las espectaculares escenas de lucha nos han dejado sin aliento y con la sensación de un goce estético insuperable, el desenlace se dirigirá directamente al alma, hablándonos de sentimientos de alcance universal, fácilmente reconocibles para un espectador de cualquier lugar del mundo. Con ello, Wong Kar Wai confirma lo que ya sabíamos: que es uno de los más grandes genios del séptimo arte que hemos tenido la oportunidad de conocer.



Nota (de 1 a 10): 8,5.

Lo que más me gustó: El majestuoso sentido visual de Wong Kor Wai. Las interpretaciones de Tony Leung y Zhang Ziyi. El profundo sentido emocional de la trama.

Lo que menos me gustó: Una de las subtramas (la del personaje llamado El Navaja) queda claramente desconectada del resto de la película.




 Tráiler de Ip Man (2008)




 Tráiler de Ip Man 2 (2008)






Tráiler de The Grandmaster (2013)





AGOSTO (o Bergman en Oklahoma)

TÍTULO: Agosto. TÍTULO ORIGINAL: August: Osage County. AÑO: 2013. NACIONALIDAD: Estados Unidos. DIRECCIÓN: John Wells. GUIÓN: Tracy Letts, adaptando su propia obra teatral. DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Adriano Goldman. MÚSICA ORIGINAL: Gustavo Santaolalla. INTÉRPRETES PRINCIPALES: Meryl Streep, Julia Roberts, Chris Cooper, Ewan McGregor, Margo Martindale, Sam Shepard, Dermot Mulroney, Julianne Nicholson, Juliette Lewis, Abigail Breslin, Benedict Cumberbatch, Misty Upham. PÁGINA WEB OFICIAL: http://augustosagecountyfilm.com/.



Si revisáramos toda la filmografía del director sueco Ingmar Bergman, podríamos llegar (entre otras) a dos conclusiones que se repiten machaconamente a lo largo de todas sus películas. La primera, que, al igual que los seres vivos, las familias nacen, crecen, se reproducen y mueren. La segunda, que todo este proceso se desarrolla con una brutalidad psicológica que deja marcados, sin remisión, a todos los personajes. Aunque quepa pensar que este forma de pensar sólo es posible en alguien que ha crecido en los gélidos parajes escandinavos, el cine norteamericano también nos ha dado títulos que abundaban en la misma idea. Pensemos en La gata sobre el tejado de zinc (1958) de Richard Brooks (adaptación de una obra de Tennessee Williams, autor que no era ajeno a esos mismos planteamientos), en muchas películas de Mike Nichols (como ¿Quién teme a Virginia Woolf? -1966- o El graduado -1967-), en muchas películas de Woody Allen (como Interiores -1978-, Manhattan -1979-, Maridos y mujeres -1992- o El sueño de Cassandra -2007-) o en directores muchísimo más ácidos como Larry Clark (Ken Park -2002-) o Todd Solonz (Palíndromos -2004-). Agosto se nutre, en mayor o menor medida, de todas estas influencias y, aunque no se corta en mostrar el grado de crueldad que puede llegar a haber en las relaciones familiares, intenta, en el último momento, proporcionar una ventana de esperanza que pueda servir de salida a tanta mezquindad de la que hemos sido testigos durante dos horas.

 





Porque la escena final de la película (que no existía en la obra teatral que le ha servido de base) muestra la posibilidad de que exista un horizonte abierto que insinúe otro mundo y otras circunstancias. Quizás, sea la única forma de dejar una bocanada de aire fresco tras  el festival de rencor y odio que se ha celebrado previamente sin que hayamos podido intuir ningún paliativo o gesto de compasión.

Para llevar a cabo la adaptación de la obra teatral del actor y dramaturgo Tracy Lettsm premiada con el Premio Pulitzer en el año 2008, John Wells (del que ya comentamos su anterior película, The company men: http://elespectadorimpertinente.blogspot.com.es/2011/05/company-men-o-como-se-hace-eso-de.html), se sirve de uno de los más impresionantes repartos que hemos visto en los últimos tiempos en una película estadounidense, al menos en una película independiente.

Manejando, pues, de principio, unas piezas valiosas en cuanto a guión e intérpretes, cabía esperar que Agosto fuera una gran película. Efectivamente, lo es, pero, cuando finaliza, no puedes dejar de tener la sensación de que podía ser más de lo que realmente ha sido.










Aunque no se puede menos que alabar la solidez del guión, también es cierto que, al haber acortado la duración de la obra original (que era de cuatro horas), se pierde, a la fuerza, la oportunidad de profundizar en el perfil de cada uno de los personajes. Ello no es problema si la interpretación logra suplir esa dificultad. Sin embargo, a pesar de que tanto Meryl Streep como Benedict Cumberbatch tienen dos actuaciones verdaderamente memorables, el resto del reparto tiende a funcionar en modo “piloto automático”, es decir, tienden a repetir tics, gestos y modos que ya han utilizado en otras películas. Así, por ejemplo, Julia Roberts, Chris Cooper, Juliette Lewis o Dermot Mulroney, que, conforme los vamos viendo, recordamos, casi inevitablemente, actuaciones anteriores que tienen un sospechoso parecido.

A pesar de ello, Agosto es una película eficaz, que cuenta con una realización solvente, que nos ofrece una parte central verdaderamente magnífica y que cuenta con una historia inteligentemente desarrollada con una visión muy bien articulada. Esto es, el mostrar cómo nos anclamos en unas pautas de comportamiento disfuncionales que acaban destruyendo aquello que queremos preservar. En este caso, se trata de, en el fondo, una sociedad profundamente patriarcal que, por sus propias características, acaba provocando la destrucción de una familia cuando el padre ya no está presente. Un padre que, lúcido dentro de su propia amargura, elige (como última decisión de su vida) a una persona para proteger a quien está condenada a vivir, irremisiblemente, en la más oscura soledad. 


Nota (de 1 a 10): 8.

Lo que más me gustó: Meryl Streep y Benedict Cumberbatch.

Lo que menos me gustó: Algunos actores están en modo “piloto automático”.





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